lunes, 6 de abril de 2009

Sos

Sos parte de mí
sin ser yo
Sos lo que me falta a mí
para ser cierta

Un hueco

Un hueco en el estómago, y sin embargo las constantes ganas de no comer. Un llanto enjaulado, luchando por salir de todo mi cuerpo.
Hace días que no vuelvo a mi casa. No quiero que mi mamá me vea así, ella que es tan impecable, tan prolija, seguro que me va a gritar. Además volver a casa es decir que sí al viaje. Es aceptar que mi mamá, una vez más, decide por mí. Bueno, en realidad no siempre decide por mí. El jueves pasado me fui de casa y obviamente ella no lo decidió ni pudo impedirlo. Todavía tengo la imagen de su cara de asombro y desconcierto. “Me voy y no voy a volver” le dije. Cerré la puerta y me fui. Y lo decidí yo solita. Pero es claro que mi mamá toma las decisiones por las dos, en la mayoría de los casos. Y yo sé que en este caso, ella cree que yo quiero viajar. Cree que decide bien, que es lo mejor para mí.
No es tan trágico, no me puedo poner así, tan nerviosa. Le tengo que decir que no quiero ir a Londres. Decidir y decir. Punto.
Además yo sé que mi mamá necesita que yo viaje para seguir aparentando una situación que ya no existe: la familia feliz de clase alta. Todo este tema del lujo, de las apariencias y de los placeres caros, ya me está molestando mucho. Algo pasa. No sé porque me niego a disfrutar, o a vivir algo exclusivo como este viaje. Tal vez porque mi papá era, es y será el sinónimo de la “buena vida”, de los restaurantes y de los viajes. Y si él no está, toda la vida de lujo tampoco. No sé. Por ahora todo esto me genera un hueco en el estómago. Esto del viaje es parte de un mismo plan, un eslabón más de la misma cadena: colegio privado, ropita de marca, barrio cerrado, fiestas y por supuesto, viajes. El plan de mi mamá para que todos crean que separarse de mi papá no la dejó pobre. Mentira. Mi papá se fue con sus negocios y su dinero, y nos dejó sin nada. Esa es la verdad. Se fue a Canadá por seis meses, que terminó siendo un año y al final nunca volvió. Ahora se me ocurre que mi mamá sigue actuando así, con su estilo de mujer de dinero y familia perfecta, para que mi papá la encuentre igual cuando vuelva. Ahora entiendo. Ella en su interior, muy profundo, cree que él va a volver. Por eso se preocupa tanto en mantener el nivel de vida. No por mí, por él.
No puedo seguir así. No puedo sentirme mal por tener que irme de intercambio a Londres. La propuesta es estar unos seis meses “aprendiendo inglés con verdaderos ingleses”. Qué voy a hacer yo en Londres. No es para mí. Allá no encajo.
No lo necesito.
Y encima de todo lo que estoy sintiendo con este tema, mi mamá se encarga de difundir que ella solita pudo pagar todo el viaje de estudios a Londres por adelantado. Y como siempre, después de esa frase, la otra que está simbióticamente aferrada a cualquier logro de ella: “Claro que Alberto no puso un peso, él está allá en Canadá, no se entera de nada. A mi no me ayuda nadie.” Otra vez la actitud de víctima. Insoportable.
No puedo decirle a mi mamá que no quiero viajar, que odio eso de hacer turismo y de conocer gente. Soy tímida para toda esa exposición, no me gusta. No quiero ver después las fotos y saber lo mal que me sentía. Fotos que no reflejen nada, como las de Barcelona.
Además mi mamá ya sabe, que si viajo, voy a Canadá. No lo dudo. Allá está mi papá, hace cinco años que no lo veo. Allá también podría practicar inglés y tengo alojamiento en la casa de él. ¡Es mucho más barato que Londres! Pero Alberto, mi papá, no sólo no pone un peso para nada sino que ni siquiera me invita, es más, ni siquiera me llama por teléfono.
Pero bueno, tengo que hablar con ella hoy. Es obvio que no me va a dejar cambiar Londres por Canadá. “El viaje de Londres es para estudiar, si tu papá te quiere ver que venga él” va a contestar.
Por suerte hoy tiene clase de arte, otro de los delirios de grandeza que sigue manteniendo. Va a llegar tarde. Decido volver a casa. Extraño un poco dormir en mi pieza y además, debo reconocerlo, esta rebeldía no me está llevando a ningún lado. Llego a mi casa cansada, y me tiro en la cama a pensar por donde empiezo. Tengo que hablarle hoy. Está todo desordenado, seguro me va a gritar. Al rato, sus tacos invaden toda la casa. Ni sabe que estoy en mi pieza. Si salgo va a ser un caos total. Pero tomo ánimo y salgo, llamándola, como cuando era chiquita. No me contesta. Y de lejos, la veo sentada en el sillón con la cabeza entre las manos. Me habla recién cuando me acerco. Empieza a decirme que me extraña y que no quiere que me vuelva a ir de casa así. Me pide que hablemos, que pasemos más tiempo juntas, que va a aceptar mi ropa negra y mi música, si eso me hace feliz. La miro a los ojos y veo que está mal. Veo que mi papá no sólo la dejó sin dinero sino que la dejó sola conmigo. Nos dejó solas. De pronto, las lágrimas de las dos son una misma lágrima. Una vez fuimos una sola, y ahí, en ese instante, estábamos siendo una de nuevo. Mi mamá me abraza y apoya su cabeza con las mejillas húmedas en mi hombro y me dice que hace días que tiene un hueco en el estómago, y un llanto enjaulado en el medio de su pecho.
- No viajes mi amor, no pasa nada. Tal vez sea mejor que nos quedemos un tienpo aca las dos juntas.


El tatuaje

El jueves pasado mi hijo Octavio cumplió veinte años.
Como últimamente no le gustaban los regalos que yo le compraba, decidí darle el dinero, y que él pudiera elegir lo que quisiera.
El viernes llegó a casa contento, yo pensé que se había comprado algo, pero no tenía ningún paquete, ni bolsas, ni nada.
Sin decir una palabra, y con una sonrisa de oreja a oreja, se arremangó su pulóver, para mostrarme el regalo, un tatuaje. Y no era un escudito, o un dibujo, no. Era un número.
Me sorprendió el número en su brazo. Me quedé callado. Me explicó que todos sus amigos tenían el mismo tatuaje, que era algo de una banda de rock inglesa que estaba de moda.
La primer imagen que vino a mi mente era la de mi papá con su número tatuado, ahí mismo, en su brazo izquierdo. Me llené de dolor recordando la historia de los días de sufrimiento en el campo de concentración. Un número impuesto. Dejar de ser persona para pasar a ser un número.
Me dejó sin palabras. Quería gritarle, pero no podía ni hablar. Me di cuenta que Octavio no sabía nada de nada. Sentí que era un ignorante. Pero ¿De quién era la culpa?
Nunca había tenido tiempo de contarle todo lo que el abuelo había sufrido durante la guerra, ni cómo había sido su llegada a Buenos Aires. Octavio no sabía nada de su propia historia.
Con lágrimas, lo miré fijo a los ojos:
- La verdad hijo, no me gusta que te hayas tatuado un número. El abuelo tiene uno, en el mismo brazo. Uno que le hicieron los nazis, cuando estaba en un campo de concentración, sufriendo los maltratos de esos monstruos.
Yo estaba realmente muy enojado y sin consuelo. Tenía bronca por no haberle enseñado a mi hijo la historia de su familia, de su pueblo. El tatuaje era el resultado de su ignorancia.
- Pero papá, no te pongas así…
- Ya está, ya te lo hiciste, pero te pido que jamás se lo muestres al abuelo. Él no podría soportar verte con un número en el brazo. - Las lágrimas me invadieron, aunque yo trataba de contenerme…
- Papá, quédate tranquilo. El abuelo me contó toda la historia. Esa que vos decís. El abuelo ya vio el tatuaje. ¿Toda la historia? ¿Ya vio el tatuaje? Qué era lo que estaba diciendo Octavio, pensé. Que le contó el abuelo, como para que fuera corriendo a dibujarse un número en la piel. El abuelo le contó por encima, sino Octavio no se hubiera hecho eso.
Entonces Octavio se me acercó y puso su brazo tatuado sobre mi espalda, como abrazándome. Me dijo que apenas vio que sus amigos estaban haciéndose este tipo de tatuajes lo llamó y habló con él, para saber la opinión del abuelo, antes de tatuarse. El abuelo lo invitó a tomar el té a su casa y le contó toda la historia, la que nunca le había contado: los días durante su cautiverio en el
campo nazi de Auschwitz, el hambre constante, los amigos y enemigos, la soberbia y la ausencia de solidaridad. Las etapas de la Segunda Guerra Mundial con lujo de detalles. Todo contado por el abuelo, con su relato pausado y a la vez lleno de vida.
Según las palabras de Octavio, el abuelo le dijo que después de todo lo que él vivió, después de un tatuaje tan triste, que viniera su nieto con un tatuaje en el brazo por elección, era un verdadero acto de rebeldía y de libertad.
Octavio me dijo que además el abuelo se ofreció a acompañarlo a la galería para ver que fuera todo bien limpito. Y fue él, el que le sostuvo la mano mientras lo pinchaban.
- Papá, no llores, el abuelo no sólo me contó su versión de la historia, no sólo me apoyó para hacerme el tatuaje, sino que además me hizo un regalo, para que yo pudiera aprender más de la historia. Me regaló este libro, mira que bueno que está. Ya lo estoy leyendo.
El libro era Si esto es un hombre, de Primo Levi. Un relato sobre la vida cotidiana en los campos de concentración, contado por un sobreviviente. Otro que tenía un número tatuado, como mi papá.